Después de algo más de año y medio sin reunirse (fue el 14 de octubre de 2008), la última reunión entre el Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el líder de la Oposición, Mariano Rajoy, tampoco nos ha dado los frutos deseados.
La ya permanente situación de crisis, que está sufriendo nuestro país, requería con urgencia un pacto limpio entre los dos grandes partidos políticos. Un pacto que consiguiera transmitir confianza y estabilidad en los ciudadanos y en los mercados internacionales.
Un pacto que es imposible porque Zapatero no renuncia a abdicar de sus criterios, con los que ha llevado a este país a una situación desastrosa, antesala de otra mucho peor. Precisamente, lo que Zapatero no quiso pactar en su momento con el Partido Popular, es lo que ahora la Unión Europea le está obligando a hacer.
Por eso, Mariano Rajoy no puede compartir esta política. Y a pesar de la disparidad de criterios, Rajoy ha demostrado su capacidad de estar a la altura de su responsabilidad institucional. Apoyó la aceleración de la fusión de las Cajas de Ahorro y la reforma de su legislación, y el préstamo de casi 9.800 millones de euros a Grecia. Pero lo más importante, Mariano Rajoy ha vuelto a manifestar claramente que está dispuesto a asumir el reto de gobernar. Un reto que conlleva tomar medidas impopulares y duras, pero que deben adoptarse para sacar a España de la crisis. Es un ejercicio de responsabilidad y valentía que Zapatero no ha sabido llevar a cabo, y con el que sí se ha comprometido el Presidente del PP.
Las medidas aisladas e improvisadas del Jefe del Ejecutivo no sirven para nada. Está más que demostrado. Lo que sí necesitamos todos los españoles es un plan coherente y global, como el que tiene el Partido Popular basado en tres ejes fundamentales: la reducción drástica del déficit, la reestructuración del sistema financiero y la reforma del mercado laboral.