
Todos los días son especiales. Pero no todos los días se celebra el 30 aniversario de tu boda. Es algo digno de ser celebrado y fuimos a celebrarlo al Celeste. Pero lo bueno es que no fuimos solos Isabel María y yo, pues una veintena de personas decidieron estar de fiesta con nosotros. Lo curioso es que muchas de esas personas no habían nacido el día de mi boda, y su compañía fue para mí el mejor de los regalos.
Ese día, el de mi boda, como es natural fui a la peluquería, a mi peluquero de entonces, al que había ido junto con mi abuelo Eduardo y mi hermano desde que éramos unos críos. No es otro que Miguel Raspajo, en cuya peluquería de la Calle Mayor casi esquina con la Calle Ancha, me llevé el primer berrinche de mi - por entonces - corta vida, cuando me peló al cero. Recuerdo perfectamente como tras el desaguisado (para mí lo era), Miguel me animaba diciendo que me había cortado el pelo como a un hombre (así nos animaban antes a los críos). Eso fue antes del año 1960, pues me acompañó mi abuelo, que después de ver mi disgusto se prometió eliminar los rapados al cero propios de los veranos. Desde luego a mí nunca volvieron a pelarme al cero.
Y ¿por qué hablar de Miguel? Pues por esa niña - Helena - que está en la foto a mi derecha, foto que hicimos en esa fiesta y por la que aparecieron Helena y sus encantadores acompañantes. Me dijeron de hacer la foto y le dije que si me la enviaban la colgaría en mi página web. Dieciocho años tienen mis acompañantes, es decir que entre todos juntos, tienen poco más de mi edad. Miguel Raspajo fue el nexo de unión junto al buen ambiente que hubo en el Celeste. Algo mágico, de verdad.
No se si leerá esto Miguel al que de vez en cuando veo por la calle sentado en algún banco, y su presencia me lleva siempre a los primeros años de mi infancia y a los de mi juventud primera hasta que me fui a Madrid. Seguramente, Miguel no recordará que me explicó aquello de que en la Iglesia no te podían detener por lo del derecho de asilo. Estoy hablando de finales de los sesenta y no era fácil hablar entonces de según que cosas; y mira por dónde, de Miguel aprendí lo que era “llamarse andana”. Y más cosas. Miguel, por mi abuelo te conocí y por tu nieta te dedico estas palabras que me tomo la libertad de publicar. Cosas de la vida.
Bueno, Maite, Jose, y a todos los demás, muchas gracias por la magnífica fiesta y que la próxima porra no se la lleve el chato. ¡Ah!, y que no tengamos que esperar otros treinta años para liar otra fiesta.